Aunque la imitación es uno de los grandes instrumentos de que se vale la providencia para llevar nuestra naturaleza á su perfección; sin embargo, si todos los hombres cediesen á la imitación, y cada uno siguiese á otro, y así todos los demas en un círculo eterno, es fácil echar de ver que nunca podría hacerse entre ellos adelantamiento alguno. Era preciso que los hombres permaneciesen hasta el fin como están en el día, ó como estaban en el principio del mundo. Dios, para precaver esto, ha puesto en el hombre un sentimiento de ambición, y una satisfacción que resulta de contemplarse superior á los demás en alguna cosa que se tenga por apreciable en ellos. Esta pasión es la que les ha enseñado todos los medios de que se valen para señalarse, y la que se encamina á hacer tan agradable todo lo que excita en el hombre la idea de distinguirse. Ha podido tanto en algunos hombres muy miserables, que se han consolado con la idea de que superaban á todos en miseria; y es cierto quando no podemos distinguirnos por alguna cosa excelente, empezamos á tener complacencia en algunas debilidades, tonterías, ó defectos de una ú otra especie. Esta es la causa de que prevalezca tanto la adulación, pues produce en el ánimo del hombre cierta idea de preferencia que no tiene. Mas todo lo que se dirige á realzar al hombre en su propia opinión, bien sea sobre buenos ó malos fundamentos, produce una especie de hinchazón y triunfo, que es extremadamente agradable al espíritu humano; y este engreimiento nunca se percibe mejor, ni obra con mas fuerza, que quando versamos cerca de objetos terribles sin peligro, queriendo siempre el espíritu apropiarse algo de la dignidad é importancia de las cosas que contempla. Por esto observó Longino que llena siempre al que lee pasages sublimes de poetas y oradores, el conocimiento de cierta grandeza interior de que se gloría: qualquiera habrá sentido esto mismo en tales ocasiones.