Cada vez que me enfrento a la ladera de un monte, por anecdótico que sea, siempre recuerdo la maravillosa vista y magnífico ambiente que había en un mirador al que subimos como alpinistas aficionados un grupo de amigos. Entre todos ellos había un hombre nuevo, le había invitado alguien pero rapidamente olvidé tanto el nombre del extraño como la identidad del invitador, lo cual ha añadido bastantes dosis de misterio a todos los recuerdos que le rodean. Lo cierto es que llevabamos bastante tiempo en el mirador y, cuando se acercaba el momento de marcharse pues se nos estaban acabando las conversaciones intranscendentes, él se levantó y con cara anonadada nos empezó a contar una historia realmente increíble:
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En mi familia se cuenta de generación en generación un cuento para niños, y creemos que es muy antiguo y ligado a nuestra tradición. Un precipicio como este me ha traido al presente su recuerdo. Ya que es la historia del primer poeta, el primer poeta en la vida de la humanidad. ¿Qué tiene que ver con un barranco? El problema era que por alguna trampa del destino él, el primer poeta, era el futuro abuelo del creador del lenguaje humano, pero no lo sabía, así que no era capaz de sacar de su cabeza esos sentimientos y esas imágenes que lo perseguían incluso durante la noche. Por lo tanto, y como muestra evidente de su calidad poética, decidió suicidarse; para ello resolvió encontrar el monte con el precipicio más alto con el fin de asegurar una muerte certera que finalizara su angustia.
Partió una mañana en su busqueda, sin despedirse siquiera de su esposa ni de los más cercanos, desapareció antes de que nadie se despertara sin ningún rumbo establecido ya que nada de lo que conocía en ese momento se adaptaba a sus necesidades. Anduvo durante varias jornadas, alimentándose de la naturaleza, aunque eso era lo normal en aquella época, vio ríos y mesetas que ningun antepasado suyo había visto, pero siempre estaba solo, y eso le ayudaba pues hubiera querido contarle sus penas y dolores a cualquier persona, pero no habría podido.
El día que llegó ante la montaña más alta de aquel mundo joven se dió cuenta de que los dioses, nosotros diriamos ahora las fuerzas tectónicas, la habían creado explicitamente para él; ya que el promontorio que veía ante él, pese a ser inmensamente alto, presentaba en una de las laderas un camino ascendente pese a que en la cara opuesta la roca desnuda le daba la respuesta que necesitaba para acabar con su agonía.
El camino ascendente era realmente extraño, tenía una pendiente suave y, pese a estar libre de la fresca hierba que lo rodeaba, no se adivinaba ningún resto de huella humana ni animal. Pese a todo ascendió por él a paso ligero y ganó la cima poco antes de anochecer, pero no quiso acabar con su vida sin antes ver el amanecer sobre el mundo que no había sabido comprenderlo. Se tumbo sobre el suelo y durmiendo esperó la llegada de su último día.
Los primeros rayos del amanecer cayerón cruelmente sobre sus ojos y le obligaron a despertarse ya que parecía que no podía protegerse de ellos de ningún modo. Al levantarse miró a su alrededor y sólo veía cielo, un cielo sin nubes que parecía infinito ya que la superficie de la meseta que coronaba el monte ocultaba toda la tierra que crecía desde su base. Se acercó al borde de una roca que sobresalía como un golgota majestuoso y desde allí vio todos los ríos y todos los valles de la tierra, todos los mares, oceanos y continentes del mundo que, desde esa atalaya, parecían lagos e islas en un horizonte infinito. En ese momento todo su interior colapsó como una torre de arena que no soporta su propio peso y, de pie al borde del abismo y de su vida, compuso y declamó el primer poema de la historia. Un poema que todavía resuena en el aire más anciano y que podéis escuchar si tenéis la suerte de encontrar una caverna sellada desde aquella epoca o si a la playa vuelve una ola despues de millones de kilometros de viaje. Aún así sólo podréis escuchar un eco de lo que fue escuchado en todo en mundo y que informó a la humanidad de que algo había sido creado pese a que no fuera todavía comprensible. Un poema que ahora os recuerdo.
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En ese momento el extraño de dió la vuelta y se acercó al borde del precipicio, levanto los brazos y un portentoso grito rasgó el atardecer. Todos los animales, que hasta entonces -y de esto me di cuenta más tarde- habían mantenido un silencio entre respetuoso y atento, graznaron, berrearon y croaron, lanzandose al vuelo o a la carrera en varios kilómetros a la redonda. Bandadas de pajaros llenaron las laderas y el valle de un pequeño riachuelo que parecía llevar en ese momento más agua de la que cabía en su cauce, y que se quejaba -parecía- de sus estrecheces. Tal fue el ruido que, pese a que el hombre paró al poco rato, duró hasta que empezamos una callada y emocionada bajada por los escarpados caminos del monte.