El arte nunca se termina,
tan sólo se abandona.
La principal diferencia entre un viajero y un turista es que el primero vive el viaje, y el turista sólo lo recuerda. Él era un viajero, y lo pregonaba siempre que podía, no soportaba que nadie le dijera que estaba haciendo turismo y se desquiciaba intentando explicar tan a menudo lo mismo a sus conocidos.
Un viaje es algo más que un mero desplazamiento físico, unido a una admiración pasiva de cualquier construcción u objeto que señale un guía. Debe haber una preparación minuciosa, meses para una visita fugaz a un pueblo Español y varios años para un viaje como en el que estaba embarcado en ese momento. "El Viaje", así lo llamaba él, el proyecto definitivo, después de éste ningún otro periplo sería soberbio, él lo sabía, pero tenía que realizarlo algún día. Dos años había tardado en prepararlo, incluidas pequeñas "razzias" en museos y bibliotecas cercanas y un curso acelerado de árabe común. Ese fue el punto de no retorno, y el más delicado de todos los preparativos; se necesitan cuatro o cinco meses, y seis horas semanales de clase, para dominar un idioma hasta el punto que el necesitaba para un viaje. Era bastante, pero lo almacenaba todo en su parte de memoria que no llegaba a mas de medio año. Por ello debía ajustar bien la fecha de partida, si no podía marchar en el momento adecuado perdería mucho tiempo de trabajo, horas a la basura.
Además del idioma tenía que estudiar algo la geografía de la zona, los itinerarios y las salidas que pretendía hacer. Siempre acababa haciendo amigos entre los funcionarios de las embajadas, y al final se deshacía de cajas y cajas de material turístico. No se podía mudar de su casa en el 57 de Alcalá, en Madrid, al «especie de siete y un palito» de una calle impronunciable al este de El Awkaf, barrio residencial cercano al centro de El Cairo, cercano también al oloroso Nilo. Hay que saber muy bien qué calle es y que el número es un veintiuno.
El apartamento no era desagradable, es difícil encontrar algo parecido a un apartamento amueblado en alquiler en una ciudad como El Cairo. Afortunadamente el precio suele ser bueno en países más "en vías de desarrollo" que España. La tarde de su llegada la dedicó a una visita por el barrio local, los comercios y las direcciones útiles, pero el día siguiente iba a ser intenso, todo el día ocupado. Mediante un amigo común había llegado a un acuerdo con un arqueólogo español para la primera salida. Visita a la gran Pirámide de Keops, pese a ser una visita preliminar y local se planteaba muy interesante. Incluso podría visitar las cinco cámaras ocultas sobre la del Rey. Muy pocas personas han entrado en ellas, ese es el reto, pues las cámaras en sí no tienen importancia, son una mera necesidad arquitectónica, ocultas y sin embellecimiento. Lo más parecido al túnel de un ascensor.
Pese a lo interesante de esta primera visita, lo cierto que no es más que un medio para conseguir un contacto inicial firme, es algo importante, puedes estar un mes sentado en una maravilla de la humanidad y no verla porque nadie sabe donde hundes tus posaderas. El fin a corto plazo era conseguir alquilar una motocicleta todo terreno para el viaje de la tarde, probablemente las horas más importantes de su vida.
Tras una cena sencilla y corta, había hecho sólo las compras de emergencia, durmió plácidamente, pensando en el día siguiente, sin extrañar la cama -ése era un lujo de turistas- y pensando que si ésa fuera la última noche de su vida no le importaría mucho.
Tras un desayuno en la parte administrativa de la ciudad se dirigió al lugar de su cita, las puertas del Museo Egipcio. El arqueólogo fue puntual, seguramente le debía tantos favores a su amigo común como éste a él. Dentro del viejo escarabajo de matrícula local se divisaban ropas cómodas pero demasiado occidentales, allí no causaban extrañeza, pero en su barrio ya empezaría a ser demasiado ostentoso. Se resignó a ser guiado por un arqueólogo, un científico, no otro viajero. Abrió las pesadas puertas y lo invitó a entrar en el coche, vio un rostro anodino en medio de un pelo moreno cortado ortodoxamente, echó en falta unas gafas circulares pero elegantes; más tarde las descubrió en el bolsillo de su camisa, más bien ocultas pues llevaba lentillas.
-El señor Martín, supongo.- Cara simple, voz simple, saludo simple.
-Ajá, su viaje no ha sido tan largo, supongo. Espero, señor Sánchez, que nuestra visita no le robe demasiado tiempo para sus estudios- la verdad es que le importaba poco, pero ante un saludo tan pobre no iba a esforzarse mucho.
-No se preocupe, siempre es agradable recordar los conceptos básicos de la egiptología, sobre todo si es para comunicárselos a alguien, un amigo mío siempre decía ...
La visita fue agradable, la conversación no. En los apenas nueve kilómetros que los separaban de las pirámides el egiptólogo marcó un hito en toda la historia de sus interlocutores aburridos e intrascendentes. Fue un primer intento para una visita más seria de las pirámides de Guizé, que llevaría a cabo más adelante. En lo único que prestó atención fue en el complicado acceso a las cámaras restringidas y se dio cuenta de que no podría visitarlas por segunda vez sin su particular guía, así que siguió con bastante interés esa parte de la pirámide. En otro momento admiraría la Gran Galería y las cámaras de los reyes, en ese momento estaba muy ocupado en pensar en la excursión de la tarde. Pero consiguió del chico lo que necesitaba, tras las pirámides, y tras cambiarse de ropas en su garito de arqueólogo, fueron a una agencia de alquiler de automóviles que también trabajaban motocicletas -eso no viene en las guías- y se despidió de él después de comer juntos y darle unas instrucciones de cómo volver a casa, cada uno por su lado.
En su apartamento disfrutó de una siesta, y cuando quedaban tres horas para en anochecer recogió todo lo necesario y marcho hacia la aventura del día. La motocicleta, aunque incómoda, era rápida y esperaba no tardar más de una hora en llegar a su destino, que, por otra parte, no sabía exactamente dónde estaba.
De camino se desvió un poco a su paso por Guizé, usó la pequeña y transitada carretera que cruza su meseta entre las pirámides de Keops y Kefrén, era un paseo agradable. Tras ello encaminó a la carretera general de El Cairo a El Bawîti al sur-oeste de El Cairo, cuando está empezó a enfilar hacia el sur salió de la carretera en dirección oeste, por entre el desierto todavía rocoso y "sólido". Tras media hora de aburrida marcha empezó a llegar a su destino, a entrar en el puro desierto de dunas sahariano.
Llegó al punto, desde allí no se veía mas que arena, ni una roca, ni un pasto, sólo dunas y su vehículo. Desmontó y se quedo observando el paisaje que había esperado ver durante tantos años. La pura soledad del Sahara, el desierto eterno, le gustaría viajar por el durante mucho tiempo. No había silencio, el viento danzaba en sus oídos, y se podía sentir caer cada grano de arena desde el frente de una duna. Se dice que sólo hay un marco comparable al que desinteresadamente brinda el desierto, sólo un océano en absoluta calma se lo puede parecer, pero debajo del agua hay mucha más vida de la que pueda nunca haber debajo de la ardiente arena que sentía debajo de sus botas. Probablemente lo repetiría más de una vez durante todo el mes que duraría su estancia en Egipto, pero sabía que ninguna sería comparable a la primera. Cerró los ojos, los volvió a abrir, se tumbo y explotó todos sus sentidos tanto como la práctica le había enseñado. Pero al final y tras más de una hora del arrullo del desierto decidió volver.
Subió a su moto y se despidió del desierto, rumbo este, hasta la carretera, el Nilo o el Mar Rojo, lo que llegase antes, cómo si en el desierto todo fuera posible. Pese a que todavía veía el sol comprobó la dirección con la brújula, no quería acabar perdido, pese a la belleza que le rodeaba. Los minutos pasaron y se dio cuenta de que había sido muy estricto, el desierto era igual de perfecto en la zona por donde pasaba en ese mismo momento, y en todas las direcciones donde miraba. La pasión le había cegado.
Tras una hora de perseguir a su sombra se dio cuenta de que estaba pasando algo, las dunas no perdían su perfección, la arena no desaparecía y el ambiente se hacía cada vez más seco, no veía nada distinto en varios kilómetros a la redonda. Maldijo su suerte y volvió a comprobar la brújula, nada había cambiado, pero el próximo día traería un GPS aunque le costase una semana de investigación por los bazares de El Cairo y el sueldo de un mes. Tras un cuarto de hora más, llegaba la histeria y pensó incluso en espejismos, pese a lo avanzado de la tarde, cuando vio detrás de una duna el perfil de un oasis.
Al llegar no dio crédito a sus ojos, había una tienda en la ribera del pequeño charco que creaba esa ilusión de vida en medio de la muerte absoluta. Su entrada estaba abierta en el costado hacia el que él avanzaba. Dejó su moderno animal de carga a pocos metros a la derecha de ella y entró. Mirando a su alrededor, cuando su vista se acostumbró a la oscuridad vio un anciano mirándolo condescendientemente y que lo saludo con educación.
-Assalam aleikum, extranjero.
-Aleikun assalam- tras decir esto, y por culpa del frescor y la histeria, se desmayó sobre las viejas alfombras del anciano.
Permaneció inconsciente cinco minutos aproximadamente, tiempo que el hombre aprovechó para tumbar a su desmayado huésped sobre los colchones que ya había preparado y para hacer otro té hirviendo. Sabía perfectamente el valor de la hospitalidad del desierto. Después esperó pacientemente a que volviera en sí.
-¿Está usted bien? -dijo cuando Cosme despertó.
Tardó bastante en reaccionar y darse cuenta de dónde estaba y qué le había pasado. No se alteró en ningún momento, se había despertado muchas veces en lugares extraños, incluso sin saber cómo había llegado a ellos. Miró al anciano y descubrió una cara amable, un pelo blanco pero no en decadencia y unas pobladas cejas, también blancas. Había hablado en un castellano sin acento y con voz firme.
-Me duele la cabeza -una frase que solía decir cuando despertaba en un lugar desconocido. También ahora era cierta.
-Es algo normal, el golpe de temperatura ha sido muy fuerte, y estaba muy cansado, desaparecerá en menos de una hora. ¿Quiere tomar una taza de té conmigo? -le tendió una pequeña y delicada taza de té de porcelana fina, y Cosme pensó que no era la pieza indicada para transportar en camello por un desierto. Pero por otro lado no pudo por menos que aceptarla.
Hasta ese momento no se había dado cuenta, pero la tienda tenía una temperatura muy agradable, no sabía como se podía mantener, incluso estaba todavía abierta por donde había entrado. Veía el sol anaranjado acercándose al horizonte, quedaba menos de media hora para anochecer. Tendría que dormir en la tienda, no podría estar fuera cuando anocheciera, vendría el frío continental, y los vientos en el peor de los casos.
-¿Puedo saber el nombre de mi benefactor?
-Es improbable Cosme, y no quiero que lo adivine. Por estas tierras me llaman Assan. Puedes llamarme así o simplemente tú.
No recordaba haberle dicho su nombre, pero sí el haber hablado con él antes de desmayarse.
-Muchas gracias, y creo que además de tutearle voy a tener que pedirle asilo durante la noche, hasta que pueda volver a mi casa -y lo miró pensando que quizás se podría negar.
-Evidentemente, no puedo dejarlo solo ante los peligros nocturnos del desierto, en la tienda hay sitio de sobra para los dos -parecía como si de verdad no le importase, en realidad parecía que lo estaba esperando.
Había muchas cosas extrañas en todo, no sabía de la existencia de ningún oasis en la zona, bien es cierto que no sabía exactamente dónde estaban. Por fin se dio cuenta, un habitante del desierto hablando un castellano perfecto no es muy corriente, por lo menos en las zonas de Egipto por las que había pasado. Podía no ser ése el país en el que estaban en ese momento, pero se le antojaba que en Libia o Palestina la situación no cambiaría mucho.
-¿Cómo habla usted español? -un pregunta que tenía que haber realizado hace tiempo.
-Bastante bien, no lo crees así, y por favor ya te dicho que me tutees. Aunque hace tiempo que no lo práctico es una lengua importante para mi negocio.
Pensó en deshacer la confusión pero seguramente tardaría demasiado tiempo y no conseguiría nada, así que prosiguió con el "interrogatorio".
-¿Cuál es su negocio?
-Yo recito la historia, en cualquier lugar del mundo a cualquier persona que crea digna de ese privilegio y que, además, pueda pagar mis honorarios -según el modo de hablar parecía que él había descubierto la penicilina, además notó que al hablar había puesto en mayúsculas la palabra historia.
-Sus honorarios han de ser altos, es difícil ganarse la vida de ese modo, por lo menos en este siglo -ese comentario le trajo a la mente una imagen del viejo dentro de un traje de bufón medieval.
-Así es, además el precio varía según la calidad del oyente, si es interesante incluso puedo hacerlo gratis -lo dijo con un cierto toque de asco, como si vender su arte fuera equivalente a vender su cuerpo.
-Y qué tienen sus historias que las hacen un artículo de lujo, y si son buenas por qué no las escribe, podría vivir en un sitio mejor que éste.
-Mis historias son verdaderas, es la historia, a la gente culta les interesa conocer la historia. Y no se pueden transmitir al papel, gran parte del mérito es expresarlas y hacerlas comprender al interesado. No todo el mundo lo comprende todo, cada historia tiene un público y un modo distinto para cada público -se estaba alterando, parecía un maestro que explica por tercera vez algo sencillo a un alumno torpe.
-Sinceramente no creo que nadie pueda pagar mucho dinero por una versión moderna de un bardo, que además no canta -quería terminar la discusión y dormir, estaba muy cansado.
-Eso es lo que crees, pero todos queremos saber algo del pasado. ¿Qué pasó aquí hace miles años?, te gustaría saber cómo se construyeron las pirámides, cómo era este desierto antes de la maldición que lo convirtió en lo que es -y se quedó mirándolo, esperando una contestación, pero antes de que pudiera hacerlo siguió-. Pero esas son historias que te interesan, y no tendrás nunca dinero suficiente para pagarme. Si quieres te puedo hacer una demostración, pero ha de ser una historia que no te interese, ése será el precio que pagues.
Cosme dejó de tener sueño, el anciano estaba agitando su interior, pediría una historia para poder dormir, como haría con su padre hace tiempo.
-Está bien, entonces cuéntame cualquier historia con un principio y un fin, corta pero interesante.
-Eso que me pides es imposible, ninguna historia empieza y ninguna acaba, todas tienen causas y consecuencias. Sólo hay una historia, y quien diga lo contrario miente. Sólo puedo satisfacerte en media petición y solamente con tu mudo asentimiento. Esta es, por lo tanto, la historia de un principio:
»En un principio ya existía todo, como en todos los principios anteriores. Dios era y es todo. Nada fue creado. Todo en Dios existe y todo lo es. No hubo ningún Principio de nada pues Dios es eterno y por lo tanto todo existe desde siempre y para siempre. Dios es espacio y es tiempo, materia y energía, es uno y es tres y cuatro y dos. Dios son las leyes y los sabios que las descubren y así se reúnen Dios y Dios.
»En ese principio Él era la nada y la nada lo contenía todo. Tras ese momento la nada desapareció, y se transformó. La fuerza de Dios moldeó el aspecto de Dios, y con Él su propia fuerza. Su poder desapareció y aparecieron dos, uno de ellos colapsó y produjo infinitos pequeños finales, y con ello infinitos pequeños principios. Y ello sucedió tres veces, se produjeron cuatro finales y cuatro principios. Y al final del cuarto albor se creó la luz. Así Dios Se pudo ver a Sí mismo, y de ese modo las partes de Dios podemos verLo.
»Con la luz también fue creada la oscuridad, y con ambas los cuerpos que sólo se ven y viven por la existencia de la luz. Sobre ellos no actúan directamente las fuerzas de Dios, sino su simplificación o combinación. Se ese modo apareció el agua, la tierra, el fuego, el aire y todos los demás elementos. Estos se reunieron y se disgregaron, y volvieron sobre sí en un gran baile de alabanza a Dios.
»El baile duró un gran tiempo y cada paso era nuevo o repetido según los designios de Dios. Llegó el momento y el baile se hizo uno, y desaparecieron los elementos dentro de la danza, que impuso su norma; y su precepto es que no debe parar. Semejante fiesta parecía vida, y era vida, y nosotros la distinguimos como vida. Siguiendo su ley la vida cambió de forma, desaparecieron unas partes y se multiplicaron otras, todas intentando durar siempre. Pero ninguna lo conseguía pues todavía no había llegado el tiempo. Pasaron eras, catástrofes y bonanzas, pero la vida avanzaba siempre, perfeccionándose, siguiendo los designios de Dios. Hasta que apareció la criatura que había de usurpar el lugar de Dios.»Llegó el momento, y Dios lo supo, y por primera vez tuvo miedo. No a nuestro modo, pues Dios lo es todo, por lo tanto Su miedo fue el miedo de todo. Cada partícula, cada mundo y cada ser vivo de cada mundo tuvo miedo, y tuvo miedo de sí mismo, aunque no lo entendía. Pero aunque tuvo miedo, Dios no puede escapar de Sí mismo y tuvo que consentir. Nació la criatura malvada y virtuosa, despiadada pero humana, finalidad y final de Dios.
Y el cuento terminó, aunque mas bien parecía que el viejo había dejado de hablar, cortando una frase. Cosme seguía esperando que siguiese después de ese largo trago de té. La historia lo había dejado como hipnotizado, y parecía que siguiese bajo ese somnoliento manto. Había sido corta, o por lo menos había dicho pocas palabras; pero él había tenido la sensación de que entre cada palabra había una descripción, y en cada determinante una completa definición del sujeto activo de la historia. Cada fuerza del universo le había sido explicada con todo rigor científico y matemático, cada proceso había sido analizado, en sus causas y consecuencias, y cada animal de cada mundo, cada vida, había sido puesto delante de la mirada de su mente. Él había comprendido los misterios de la creación del universo en su integridad y había visto que no podía ser de otro modo. Lo había sabido todo, durante un instante. Y ese río de información cesó de un modo brusco, como si de pronto desapareciera el agua dulce, sin presas, sin cataratas y sin un mar de destino.
No comprendía, pero empezó a entender parte de la conversación anterior al inicio de la historia. Probablemente el anciano lo había drogado, miró el té y lo dejo encima de la mesilla, pero instantáneamente volvió a recoger la taza y sorbió una pequeña cantidad, luego se la bebió entera. Pero no sintió nada, tenía que ser la historia. Quizás la hipnosis existía y estaba en frente del Charcot del siglo veintiuno. La verdad no le importaba, tenía que seguir escuchando la historia. Y así se lo hizo saber al anciano.
-Lo siento, pero no puedo hacerlo. No puedes pagarme, te he contado una historia adecuada, pero no puedo seguir. No sería ético, muchas personas han muerto por escuchar menos y no pagar -se levantó de la alfombra, y se dispuso a preparar otra infusión.
Cosme no entendía por qué el viejo se negaba a hacer lo que le pedía, era algo muy sencillo. Ninguno de sus clientes se enteraría, desde luego no por él. Sentía fiebre, quería seguir escuchando, no le importaba cómo.
-No es por un agravio comparativo con mis clientes, ellos no se enterarían. El problema es moral, no puedo darte algo sin recibir nada a cambio. Y no tienes nada lo suficientemente valioso para darme -y se sentó de nuevo, hablaba fríamente, sin ningún sentimiento.
-¿Ni siquiera mi vida? Tan poco vale un hombre -estaba desesperado, en ese momento intentaba timar al pobre, pero sin ninguna esperanza.
-Bueno, tu vida es valiosa, pero no es algo que pueda vender en un mercado a cambio de comida -sopesaba en su mano la taza de porcelana, parecía pensar qué es lo que le darían en realidad por un alma- es algo muy resbaladizo un alma. Es lo más original que alguien me ha ofrecido por mis servicios. No sé si tendría que tomarlo como esclavo, o simplemente disfrutar el placer de saber que su esencia me pertenece.
-Le he ofrecido mi alma, no mi cuerpo ni mi sudor, por supuesto me refiero a lo segundo -parecía que estaba convenciéndolo, quizás aceptase.
-La oferta me parece interesante, -miró hacia el techo de lona, como calculando- creo que aceptaré. -Cosme lo miraba fijamente- De acuerdo, seré poseedor de su alma, desde ahora hasta el fin de los tiempos. -y le ofreció su mano que fue estrechada nerviosamente por una fría mano, húmeda de sudor- ¿Le apetece otra taza de té?
-No gracias, es suficiente con que continúe.
-Está bien, prosigamos con la historia:
»Así sea. De la vida pura surgió la pura consciencia. Así debía ser. La vida había luchado durante milenios o miles de millones de años, tenía su ley, no había normas, sólo debía haber vida para cumplirla. Gracias a ello la vida avanzó con paso de titanes. Perfeccionó todos los modos de lucha contra la vida y contra Dios. Y por fin la fuerza que guiaba a la vida y que luchaba contra ella, en pura simbiosis, consiguió vencerse a sí misma. Enseñó a lo vivo todo lo que sabía y creó el entendimiento, conocimiento de lo creado y del procedimiento de creación. Había escrito su pena de muerte, pero aún faltaba una rúbrica.
»El futuro ser supremo apareció, en muchos mundos, oasis en el desierto de frío y de calor. Es multiforme y omnipresente, aunque no lo sepa, pues es difícil cruzarse en los caminos inexistentes a través de las yermas entrañas de Dios. Nació, esta naciendo y nacerá; del mismo modo ha muerto en otros tantos lugares y tiempos, como un dios tiene poder de vida y de muerte.
»Nació el hombre, los hombres, las humanidades. Cada una tuvo su oportunidad, la oportunidad. Como parte consciente de Dios se conocía perfectamente, todos los componentes, todas las fuerzas, las causas y las consecuencias, todo era evidente y nada estaba al azar. Con Dios vive una raza un tiempo de belleza, poder y conocimiento como nunca conocerá después, más tarde nunca brillará con suficiente fuerza la luz para poder ver lo que ellos ya dominaban. Se alimentaban de los frutos de la tierra, las bestias venían a su boca a una orden, no había pasión y no había dolor. No necesitaban expresar su arte en pálidos reflejos sólidos, era admirado en su forma pura de pensamiento, por el artista y el resto de la familia global. Veían a Dios en persona, hablaban con Él y Él paseaba entre ellos cada mañana, cada atardecer y dormía con ellos.
»Y sucedió. Ha pasado en todos los mundos, es la maldición eterna y universal, la mancha que a todos los hombres llega. Sucedió en el mayor momento de gloria. Nació el más grande hombre de la humanidad, luz bella de la creación. Hubiera sido conocido como el Único, el Grande, si los hombres no se llamasen por su verdadero título en los primeros días. Gran devoto de Dios, amante de la naturaleza y la creación metafísica. Bendecido por Dios y maldito por los hijos del hombre.
»De la observación de las alimañas reptando por el suelo descubrió sus pasiones, sus luchas, su belleza en la podredumbre. De sus pequeñas victorias en pelea con la muerte rescató epopeyas, admiró su capacidad de aprendizaje y la gloria de la muerte en la lucha de igual a igual. Y llegó a la conclusión que la vida del hombre era triste, nunca había conquistado nada, todo le era dado y nunca habían cometido errores de los que aprender nada. Una vida vacía, una muerte vacía tras la cual sólo quedaban los recuerdos.
»Exigió justicia. Dios debía dejarnos nacer tan indefensos como las crías de los pájaros y tan ignorantes como nunca lo había sido nadie. Dios sintió dolor, a su modo, y consintió, no podía ser de otro modo, había sucedido antes y no fue ésa la última vez.
»Pero acaeció por primera vez en toda la historia universal que los más amantes de Dios renegaron del Hombre, compadecidos por su dolor decidieron sacrificarse por Dios y por el Hombre, aceptaron su cárcel sin puertas como poderosos guardianes de un preso que está libre. Por ello vivieron juntos los hijos de Dios y los hijos del Hombre, vigilantes y vigilados, resignados en el saber y victoriosos en la ignorancia.
»De ese modo terminó un ciclo, un principio y un final. Dios abandonó a los hijos del Hombre que quedaron marcados por las tinieblas, empezó la lucha definitiva. El Hombre contra sí mismo, contra el resto de la vida y contra Dios. Así se firmó la sentencia final de la fuerza que creó al Hombre. Todo paró, dejó de vivir de la naturaleza y pasó a luchar contra ella, sin ninguna norma, sólo con la existencia del derecho de pillaje que la guerra concede al vencedor, y el deseo de venganza que nace en el vencido.
»Definitivamente había muerto Dios y había nacido el Hombre, señor del universo, lo poblaría y ejercería como tal, sin ningún poder por encima, tan sólo Él puede acabar con su propia obra y consigo mismo.
Cuando despertó pensó todo lo de la noche anterior había sido un sueño, pero más tarde al recordar la historia se dio cuenta de que la noche había sido real. Las imágenes estaban tan fuertemente labradas en su memoria que no era posible que fueran producto de su imaginación, cada concepto, cada explicación tenía todavía un lugar en su mente. Si él era capaz de imaginar algo así no hubiera perdido su tiempo viajando, podría haber creado sus viajes, los realizados y los que estaban en proyecto, simplemente usando el tiempo que tenía libre entre la ducha y el desayuno. No, no era posible, porque todo aquello era verdad y el no lo sabía antes de escucharlo gracias a aquel anciano. No había duda, aquel hombre sabía historias verdaderas que alguien, alguna vez, escucharía gracias un cuantioso pago en metálico. Es probable que nunca nadie antes hubiese escuchado una de sus historias a un tan bajo precio, o al menos tan simbólico.
Lo que realmente no entendía era por qué había desaparecido el moderno juglar, con su tienda y todas sus pertenencias. Él estaba tumbado en la arena del desierto, aunque no debía llevar mucho tiempo allí, pues de no ser así estaría presumiblemente oculto y enterrado para siempre debajo de una duna. Lo tenía que haber dejado allí hace muy poco tiempo, y el movimiento lo había despertado. No había ninguna explicación.
Dos horas después seguía sin haber explicación alguna, pero lo que sí lo tenía atenazado era el miedo. Miedo porque no era capaz de encontrar su vehículo, ni el oasis, ni nada que recordase del día anterior. Empezaba a tener sed y pronto llegaría el hambre. Más tarde llegaría la muerte, porque no sabía donde estaba y sus aproximaciones mas fundadas lo situaban demasiado lejos de cualquier ruta o pueblo. Nada, no escuchaba ni el viento en ése que sería el día de su muerte.
Cosme murió en su mayor viaje, eso hubiese pensado él, pero no fue así. Su cuerpo, evidentemente, no fue encontrado por nadie. El desierto lo asimiló, lo dividió en sus componentes y le permitió realizar el gran viaje en paz. Viajó a caballo de las dunas, en las alas del viento y en las pezuñas de los camellos. La vida fue para él un viaje, un viaje que nuca acabó, todavía continúa, quizá se cruce contigo en su camino.